Un maestro paseaba por el bosque con su fiel discípulo, cuando vio un sitio de aspecto pobre, y decidió visitarlo. Al llegar al lugar constató la pobreza del lugar y de los habitantes. Entonces, se aproximó al señor y le preguntó: “En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni tampoco puntos de comercio; ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí? El señor respondió: “amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros alimentos en la ciudad vecina. Así es como vamos sobreviviendo”. El sabio agradeció la información, se despidió y se fue.
El maestro le dijo a su discípulo: “busque la vaquita, y llevémosla con nosotros”. El joven, espantado ante el maestro, le contestó que la vaquita era el único medio de subsistencia de aquella familia. Pero como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la orden. Así que amarró a la vaquita y se la llevó. Aquella |
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escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante algunos años. Un día el discípulo, agobiado por la culpa resolvió regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia. Así lo hizo. A medida que se aproximaba al lugar vio que todo estaba muy bonito y distinto.
Al llegar fue recibido por un señor muy amble. El joven preguntó por la familia que vivía allí hacía unos cuatro años. El señor respondió que seguían viviendo allí. Sorprendido, el joven entró a la casa y confirmó que era la misma familia que él había visitado hace algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor (dueño de la vaquita): ¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?”. El señor, entusiasmado, le respondió: “nosotros teníamos una vaquita que un día se marchó. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos. Así fue como llegamos a esta calidad de vida que usted ve ahora”. |